Nadie en su sano juicio podrá obviar las desastrosas consecuencias que ha dejado la pandemia de COVID-19, en el ámbito económico, social y educativo a nivel internacional pero particularmente en nuestro país. En este último aspecto el desastre muy grave y todavía impredecible, al punto que la Organización de las Naciones Unidas prevé que habrá en todo el mundo una deserción cercana a los 24 millones de estudiantes, mismos que irremediablemente abandonarán las aulas de los planteles educativos.

En México, el mismo organismo multinacional calcula que serán 1.4 millones de niños los que no van a regresar a las aulas en el próximo ciclo escolar 2020-2021, al tiempo que la Subsecretaría de educación básica informó que al menos 800 mil estudiantes de tercero de secundaria no se inscribirán al ciclo de bachillerato.

Antes de la pandemia, es decir, en condiciones que podemos llamar “normales”, el 80 % de los estudiantes mexicanos no alcanzaban las metas en comprensión lectora y en habilidad matemática, lo cual ya de por sí ya era preocupante y nos motivaba a la elaboración de planes remediales o de mejora continua con resultados muy magros. A pesar de los esfuerzos, nuestros resultados en la evaluación PISA eran sumamente raquíticos.

En la UNESCO ya se habla de que estamos “al filo de perder a toda una generación por la falta de aprendizaje derivado del cierre de las escuelas y de las escasas oportunidades de aprendizaje, aparte de que crecerá el abandono escolar”. Atentos a ese hecho, los organismos internacionales se plantean, como en el caso de la ONU, programas como “salvar el futuro”, llamando a todos los gobiernos del mundo a inyectar más recursos económicos a la educación.

Ante tan inocultable problemática es que, en el ámbito educativo, tenemos enfrente dos grandes problemas cuyas dimensiones aún no pueden ser ponderadas, que deben ponerse en el centro de nuestra atención: la grave pérdida de aprendizajes y la deserción.

Los maestros mexicanos de todos los niveles y modalidades hemos actuado con responsabilidad ante la pandemia y lo hemos hecho con previsión de sus consecuencias, como podría ser abandono de la escuela por parte de los estudiantes, por factores, socioeconómicos y emocionales, aún sin considerar otros aspectos de la problemática.

No está de más señalar la importancia del compromiso, dedicación y participación de las madres y padres de familia durante el programa de educación a distancia, “Aprende en Casa”, con el cual se permitió alcanzar por lo menos un mínimo de los aprendizajes esperados y cubrir los planes y programas de estudio durante el periodo de aislamiento que aún no puede concluir.

No obstante, en ánimo de ser autocríticos, trabajamos a la distancia durante los primeros meses de la pandemia utilizando la tecnología, pero regresamos al sistema que Paulo Freire denominó la “educación bancaria”. Vimos a los alumnos como recipientes a los cuales podíamos rellenar con nuestros conocimientos y olvidamos que los alumnos deben construir y deconstruir su conocimiento.

Es claro que no debemos abandonar los 50 años de desarrollo del constructivismo, mucho menos el humanismo. Por ello es necesario que profundicemos nuestro conocimiento de la pedagogía y didáctica constructivistas, como basamento de la educación popular que venimos impartiendo hace más de tres décadas en todos los niveles.

La estrategia oficial para continuar el proceso de enseñanza-aprendizaje por el tiempo que dure la pandemia (probablemente hasta diciembre o más), se ha concluido por especialistas, es solamente un paliativo, un recurso obligado por las circunstancias, pero desligado de la realidad y de elaboración cupular, en el gabinete. Incluso no se ha tomado en cuenta la experiencia desarrollada en cinco décadas de educación audiovisual pues existen los telebachilleratos y la telesecundaria está en funcionamiento desde 1968, por poner solo dos muy señalados ejemplos.

La estrategia federal, presentada por el secretario Estaban Moctezuma, denota una tremenda falta de imaginación y desconocimiento respecto de la forma en que aprenden hoy los jóvenes estudiantes. No tomó en cuenta las múltiples experiencias desarrolladas por los docentes durante los primeros meses de la pandemia, llenas de creatividad en la utilización de tecnologías como FaceBook, WhatsApp, E-mail y las plataformas educativas digitales.

Ignoró olímpicamente el formidable esfuerzo de más de un millón de docentes que nos esforzamos por aprender el manejo de la tecnología para aplicarlo en secuencias didácticas y actividades con que trabajamos con los alumnos. Todo ello desde casa, empleando nuestras horas de descanso o de convivencia familiar, con nuestros propios recursos, pagando de nuestra bolsa el internet o comprando equipos de cómputo.

La propuesta federal se complica mucho más en cuanto a la educación media superior pues evidentemente no podrá incluir asignaturas de todos los subsistemas ni mucho menos las decenas de propuestas curriculares; propone solamente las cuatro áreas transversales del conocimiento en el nivel y, si acaso, paliará mínimamente los efectos adversos que ha ocasionado la pandemia en cuanto a los denominados “aprendizajes esperados”.

En realidad, tratándose de un hecho inédito, la experiencia vivida hasta el momento no ha sido analizada debidamente ni por los especialistas ni por las autoridades educativas y mucho menos por los mismos docentes. Y la crisis todavía no concluye.

EL PROGRAMA “APRENDE EN CASA II”:

Coincidimos plenamente con Luis Hernández Navarro, cuando dice que “…la impartición de clases a través de la televisión privada es el espejo donde se refleja la derrota de nuestro sistema educativo”. Más claro no se puede decir.

Esa claudicación del Estado ante la televisión, decisión ya tomada y puesta en marcha, pareciera más una forma de apoyar a las empresas televisoras con ingresos que ya no contaban y que debe ser absolutamente transitoria porque no puede, de ninguna manera substituir a la escuela ni a los procesos de enseñanza-aprendizaje, ni a los docentes, porque lleva en sí misma un alto contenido de alienación que vuelve a los alumnos simples espectadores acríticos, consumidores de supuestos contenidos educativos, falsos aprendizajes.

La televisión para los estudiantes y para la población en general, es sinónimo de entretenimiento y contenidos vacuos, superficiales, desarrolla un proceso comunicativo unidireccional que no tiene posibilidad de retroalimentación y que resulta incapaz de generar pensamiento crítico.

Con ello el Estado pierde el control del proceso y lo deja en manos de quien por décadas ha sido Casandra, destejiendo por la noche lo que durante el día se teje en las escuelas. No podemos dejar la educación en manos de los pervertidores de contenidos televisivos. El especialista Gustavo Esteva dice que “el modelo de educación híbrida asociada a la televisión, es como las semillas híbridas: un producto estéril”.

Por añadidura no entendemos la necesidad de remunerar a las empresas televisoras con 450 millones de pesos, pues están obligadas por el régimen de concesiones a que están sometidas, a proporcionar los tiempos oficiales y los tiempos fiscales para la difusión de contenidos del Estado. Por increíble que parezca, se sabe ya que una empresa privada de Grupo Azteca será la que elaborará los “contenidos educativos”. “Al ladrón las llaves” diría el famoso dicho popular.

Con las clases por televisión, la SEP comete el error de pretender que un niño soporte varias horas sentado frente al aparato. Un elemento importante que hay que señalar, es que luego de tres meses de confinamiento, los niños, adolescentes y adultos están cansados ver tanta televisión. Si sumamos el hecho de que los docentes encargamos a nuestros alumnos, por inexperiencia ante el inédito hecho de la pandemia, toneladas de tareas y miles de actividades, la situación se tornará caótica y muy pesada para los alumnos como para los maestros.

Otro error, grave desde luego, es que la SEP legitima a las televisoras como portadoras de la mejor educación, olvidando que fueron ellas mismas las que durante una muy larga temporada, se encargaron de difamar y desprestigiar a los maestros, mostrándonos ante el pueblo de México como holgazanes, impreparados e ineptos. Ahora los docentes seremos apéndices, auxiliares de quien indebida e interesadamente nos vilipendió y expuso ante la sociedad para lograr la fracasada y mal llamada “Reforma Educativa” de Peña Nieto que tenía el claro objetivo de la privatización en este rubro tan sensible.

Por añadidura, los maestros no tenemos la capacitación para adecuar los contenidos televisivos a la realidad de nuestros educandos, ni para generar actividades o encargar tareas, no se nos ha preparado para eso, como si es el caso de los “maestros monitores” de Telesecundaria, cuya Dirección General de Educación Audiovisual si los capacita y ha desarrollado millones de contenidos para televisar, a lo largo de cincuenta años.

La televisión servirá para hacer llegar contenidos a la mayor parte de los hogares mexicanos, pero pedagógicamente es inoperante, didácticamente es inadecuado y objetivamente será un fracaso. ¿Cómo se podrían garantizar los aprendizajes, por lo menos esenciales?

Por su parte, el Instituto Nacional de Estadística Geografía e Investigación, nos dice que el 17.2 % de los hogares en México cuenta solamente con televisión analógica, es decir, son 5.7 millones de mexicanos que no cuentan con televisión digital y mucho menos SmartTv; de ellos 4.2 millones viven en zonas urbanas.

Es claro que los estudiantes de preescolar, de primaria, secundaria o bachillerato no tienen por qué aprender lo mismo en la educación a distancia que en la educación presencial, asistiendo a la escuela y trabajando con sus maestros y eso deben entenderlo perfectamente las autoridades educativas.

La Secretaria de Educación Pública no está reconociendo las capacidades de los maestros, forjada en décadas de trabajo frente a grupo y nos está sustituyendo por uno de los peores actores sociales, la televisión. Al desperdiciar todo ese talento del magisterio mexicano, también está haciendo a un lado la experiencia desarrollada en el proceso de enseñanza-aprendizaje a distancia, desde que inició la pandemia.

Desde el comienzo de la pandemia, los docentes a lo largo y ancho del país logramos la hazaña de mantener el contacto y también la conectividad con la mayoría de nuestros alumnos, trabajando con ellos y rescatamos a los que no podían acceder a la tecnología y mantuvimos un estrecho contacto con todos ellos.

No obstante, la desigualdad económica repercutiría en la desigualdad educativa, provocando la deserción o el mal aprendizaje de los estudiantes que no cuentan con las condiciones mínimas para educarse en casa por internet. La brecha tecnológica se está haciendo más grande y afecta gravemente a la población estudiantil de escasos recursos, quienes presentarán más deficiencias académicas

CONCLUSIONES:

Nuestra exigencia debe ser que las autoridades educativas confíen en la creatividad y en la experiencia de los docentes. Los maestros debemos tomar los contenidos televisivos como una herramienta a la cual tendremos que agregar nuestro conocimiento y creatividad para lograr el interés de los educandos y así conseguir un mínimo de aprendizajes esenciales que puedan evitar la catástrofe.

Una posibilidad que miles de maestros encontraron durante esta etapa, fue la adopción del método del Aprendizaje con Base en Proyectos (ABP), que ha brindado tan excelentes resultados en Europa o Canadá y que ha sido puesto en práctica en muchos de nuestros planteles tanto de educación básica como en media superior.

Es necesario, en todos los ámbitos, dejar el proceso enseñanza-aprendizaje más a la creatividad de los docentes, brindarles apoyos tecnológicos y capacitación para mejorar sus aptitudes técnicas.

Debemos elaborar proyectos alternativos para enfrentar los retos. La tecnología debe ser solamente el medio, si acaso el vínculo, entre docentes y alumnos. Pero no debe substituir al docente en su relación con los educandos.

Algo muy importante, que no debemos perder de vista, es disminuir y simplificar con mucha imaginación y mucha más creatividad los contenidos, las actividades diseñadas, los aprendizajes esperados y los procesos evaluativos.

Estimular el trabajo en casa de los alumnos es imprescindible y es nuestra responsabilidad motivarlos. Hay que pensar también en diversas maneras de que los alumnos desarrollen el trabajo colaborativo, manteniéndolos vinculados y trabajando con sus compañeros.

También es necesario brindar el acompañamiento adecuado a los estudiantes en las actividades planteadas (a través del chat, por ejemplo, personalizar el acompañamiento, apoyarnos en la familia, etc.) porque, cuando pedimos actividades que los alumnos no pueden hacer, entran en frustración y desánimo y es cuando viene la reprobación e incluso el abandono escolar. No hay que olvidar que estamos pasando por una de las peores catástrofes de aprendizaje en la historia, a nivel mundial.

Debemos también analizar en colectivo los retos en tiempos de la pandemia y posteriormente, en lo que están denominando desde el gobierno federal como la “nueva normalidad”. No hay que soslayar la importancia de intercambiar las experiencias de los docentes y de los alumnos.

Una propuesta interesante es la de realizar un conversatorio de docentes, alumnos y de padres de familia donde podamos expresar nuestro sentir y desahogar nuestras emociones. Se pueden elaborar cuestionarios y una metodología, a través de alguna plataforma como Zoom, Meet, Facebook, WhatsApp, etc.

Debemos proponer al gobierno federal una estrategia que comprenda el internet gratuito para todos los estudiantes del país, para que puedan realizar el trabajo en casa sin limitaciones. Una alternativa viable es que el gobierno federal pueda instalar internet en todas las escuelas, bibliotecas, centros culturales y en las plazas públicas de todo el país. Debemos apoyar a los estudiantes con mayores desventajas porque son más vulnerables.

Más que nunca se hace necesario que el gobierno federal y la misma SEP cumplan con la Agenda Digital Educativa “dirigiendo los modelos, planes, programas, iniciativas, acciones y proyectos pedagógicos y didácticos que permitan el aprovechamiento de las tecnologías de la información, comunicación, conocimiento y aprendizaje digital” y “fortaleciendo los sistemas de educación a distancia mediante el aprovechamiento de las multiplataformas digitales, la televisión educativa y las tecnologías de la información”.

Para la Educación a distancia, pero también presencial, se requieren una gran infraestructura y amplia conectividad de banda ancha, la apropiación de tecnologías por parte de los docentes y los alumnos e incluso los padres de familia, la creación de plataformas digitales educativas en los diferentes campos disciplinares, generación de recursos educativos y de contenidos de calidad, comenzando por una muy amplia alfabetización digital a todos los niveles.

No debemos soslayar el hecho de que, en el ámbito pedagógico, urge la reflexión en torno a temas como la escuela, el aula, el proceso de enseñanza-aprendizaje y los conocimientos en la era digital y de la globalización.

Debemos desarrollar como una alternativa una campaña masiva de lectura digital, elaborando toda una propuesta metodológica y pedagógica para los niveles de educación básica y media superior.

Las materias “de apoyo” en Media Superior deben concentrar sus esfuerzos en la educación para la pandemia, con métodos de higiene y prevención, distancia social, resiliencia y acompañamiento emocional, entre otros temas de importancia.

Todos los docentes y también los padres de familia tenemos el reto de superar los problemas emocionales que nos está dejando la pandemia, requerimos ser resilientes y las escuelas deben contribuir a ese proceso de sanitización emocional. Solo de esa manera podremos contribuir a que los estudiantes puedan también superar los traumas, desarrollarse educativamente y reforzar sus conocimientos.

Finalmente, debemos encontrar mecanismos para que nuestros alumnos, padres y madres de familia y, desde luego, los maestros, no se conviertan en una audiencia cautiva y por ende en un provechoso negocio para las empresas televisoras.